Se llamaba Guadalupe, creo que por no decirle guadalupa, la llamaban pupa, para mi siempre fue pupa, fue la madre de -entre otros-, mi amigo el Fede, de la Esther, y de la Chabel. La chabel fue mi novia de mentiritas, pero yo creí que era de verdad, es que permitía que le agarrara la mano a escondidas y me dejaba soñar y suspirar como lo que era; un chiquillo.
El Lico me apreció siempre, casi me decía yerno por la amistad que había entre ambos, lo mismo que la Pupa, y yo; lo mismo. Los quise siempre, como los quise a todos.
La imagen de la virgen de Guadalupe (su tocaya) recorría el pueblo de Chametla, permaneciendo un día en cada casa, en donde las familias se reunían a rezar un rosario y luego pasarla al domicilio en turno, no sin antes meter unas monedas por la rendija que para ese propósito había en la caja, a espaldas de la imagen.
La pupa vivía enfrente de la casa de mi tía mariquita y no la recibía por cuestiones personales que yo no conocía, hasta esa vez en la que entró a la casa de mi tía y poniendo el índice en la rendija de las monedas dijo “¡Por aquí le meten el dinero!” Y bromeó al respecto, pero luego emitió un grito muy parecido a un aullido, corto pero lastimero y aseguró ante la propia imagen que le había apretado el dedo, algo que no podíamos creer pues no cabía ni siquiera el meñique, pero ella aseguraba que era verdad, entonces se arrodilló arrepentida, sumida en una plegaria y solicitó que le permitieran recibir la imagen en su casa. Así se hizo, la imagen pasó a su casa, supongo que la Pupa sintió un llamado de atención o algún arrepentimiento por su incredulidad, no sé que pasó con el asunto que olvidé con el tiempo…
Los años se fueron, sus hijas se fueron y la Pupa y el Lico se quedaron en Chametla, supe que los hijos abandonaron la fe católica, pero los volví a ver con el amor de siempre. En una gira en la que me presenté en Concordia Sinaloa, encontré a la Chabel, me contó que trabajaba en el ayuntamiento municipal, me dio gusto verla luego de tanto tiempo, en mis días de “no trabajo”, visitaba Chametla como lo hago siempre y me enteré que la Pupa, -mi casi suegra la mujer a quien aprecié tanto y que tanto me apreció-, padecía de un cáncer terminal, pasé a visitarla, la vi de buen animo y conversamos un buen rato, cuando me fui de su casa me fui contento porque no estaba tan mal como me habían dicho.
Pasados unos meses volví para verla y ya estaba encamada, en una amplia habitación al fondo de la casa, me senté a su lado y pudimos conversar de muchas cosas también, solo que ahora si me fui triste pues la vi demacrada y cansada…
La última vez que la vi, había muerto, fui a Chametla ex profeso a su sepelio, antes de que partiera el cortejo fúnebre, sus hijos y la gente del pueblo –yo entre ellos-, rezamos un rosario, Esther me agradeció por estar ahí, y me dijo palabras lindas que propiciaron el llanto que a flor de ojos cargo siempre, y la Pupa se fue…
Lo curioso de ésta anécdota es que ella se llamaba Guadalupe, como la virgen, y ella no pidió que la llamaran así, pero la virgen se lo mantuvo presente mientras tuvo vida, la Pupa, como la llamaban todos, fue mi amiga y en mi corazón guardo los mas preciados recuerdos de esa amistad, de los días en que hacíamos “pijamadas” en su casa y el olor de mis pies los molestaba y se aguantaban, de los días en que me regalaba mangos de su patio o las largas charlas vespertinas en la banqueta o a la sombra del inmenso árbol.
La Pupa, ya no está más en Chametla, a veces veo al Lico en la banqueta sin poder expresarse con claridad y sin poder escuchar completamente, y lo saludo y a veces me desconoce, pero no me importa, ellos son los primeros suegros que tuve, y a los que tanto quise, aunque hayan sido mis suegros de mentiritas.
MI NOMBRE ES FERNANDO BARRAZA Y DEBO CONFESAR QUE MI OBSESIÓN POR CHAMETLA. POR SU HISTORIA, POR SUS LEYENDAS, POR SUS SIETE CUEVAS, POR SU MAR, SU RÍO Y SU TODO, ME HAN LLEVADO A INVENTAR UN PUEBLO, DONDE DEBÍ DE HABER NACIDO; "BOTAIRA", AHI CONFLUYEN MIS SUEÑOS Y MIS REALIDADES, PERO MIENTRAS ESE LUGAR NO EXISTA, SI ME LO PERMITEN; YO SOY DE CHAMETLA.
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lunes, 4 de octubre de 2010
jueves, 21 de enero de 2010
CHAMETLA DECEMBRINA
Era diciembre, el recuerdo que tengo tan bien grabado de las fiestas en Chametla es hermoso, no solo porque la música era de verdad y era viva, ni porque la gente se divertía y se sentía el corazón de la celebración navideña, tampoco porque había una diversión mas sana, ni porque lucían mejor, mucho menos porque duraban casi una semana y eran el centro de atracción de toda la comarca… no es por eso que las recuerdo con tanto amor y gratitud, las llevo en mi corazón solo por un detalle: Mi primer trabajo
Era diciembre, recuerdo con claridad las luces de los faroles de la plaza, el pequeño kiosco rebosante de niños que subían y bajaban persiguiéndose llenos de risa y de contento, las abuelas del brazo de las nietas en edad de salir a dar vuelta, el aroma de los churros, el olor acanelado del atole calientito, los señores comentando las corridas y carreras, las señoras preguntando por el precio de los juguetes para el “amanezque” de los niños, -ahí entro yo en acción-:
-A quince pesos doña.
-Dame dos pero me los envuelves bien aunque sea con papel periódico pa que no los vean los niños…
Yo; cómplice del niño Dios, ¡que tristeza, que dolor tan enorme y que alegría tan infinita la de saberme sabedor de la realidad y trabajar para que los sueños de mis hermanos se cumplan!
Así es; yo ahí en un costado de la plazuela junto un tenderete de juguetes de todo tipo, trompos, yoyos, tiradores, carritos de lámina, muñecos de plástico, helicópteros de fricción, y un enorme surtido de fantasías infantiles, con un foco colgado de un mecate pasando por encima nuestro y los animalejos de la luz revoloteando por nuestras cabezas, a un lado y con la caja del dinero, la que cobraba y confirmaba precios o mejoraba ofertas, la patrona, la que me enseñó vender juguetes para ganar los míos y los de mis hermanos, la que llenó de ilusiones mi niñez, la que me dio ánimos para creer en el niño Dios, aunque yo vendiera los juguetes, la que me abrió los ojos para que sintiera en mi cara la realidad dura pero hermosa, la realidad de tener que sufrir para merecer,…
En Chametla trabajé varios años de mi infancia, y al final de la temporada, la patrona me regalaba algo de ropa y algún juguete, aparte de mi sueldo, con el que yo conseguía los regalos a un precio mejor.
Era diciembre, esa navidad mi mamá nos había mandado a todos desde temprano a la casa de mi abuela allá en Chametla para esperar las fiestas.
Yo en el puesto de juguetes, y el carro de Quirino vomitando gente llegada de mi pueblo, ahí venían los vecinos a hacerme consumo, y con ellos una noticia que confirmó la divinidad del niño Dios, una mujer me dijo:
-A tu mamá ya le amaneció, una muñequita de carne y hueso,
Yo; loco de alegría, saltando, abrazando a mis hermanos gritando de locos, sabedores de la noticia, al otro día habríamos de madrugar de regreso al pueblo para conocer a la muñeca con la piel del color de la canela y los ojos verde mar cuando el mar se ve verde, una muñeca de carne a la que llamamos Liliana y que el niño Dios nos trajo un 24 de diciembre…
Era diciembre y lo recuerdo con placer, con emoción y con gratitud.
Gratitud a la vida al niño Dios y a Chametla que me permitío trabajar por vez primera y me dió la oportunidad de aprender a crecer...
Era diciembre, recuerdo con claridad las luces de los faroles de la plaza, el pequeño kiosco rebosante de niños que subían y bajaban persiguiéndose llenos de risa y de contento, las abuelas del brazo de las nietas en edad de salir a dar vuelta, el aroma de los churros, el olor acanelado del atole calientito, los señores comentando las corridas y carreras, las señoras preguntando por el precio de los juguetes para el “amanezque” de los niños, -ahí entro yo en acción-:
-A quince pesos doña.
-Dame dos pero me los envuelves bien aunque sea con papel periódico pa que no los vean los niños…
Yo; cómplice del niño Dios, ¡que tristeza, que dolor tan enorme y que alegría tan infinita la de saberme sabedor de la realidad y trabajar para que los sueños de mis hermanos se cumplan!
Así es; yo ahí en un costado de la plazuela junto un tenderete de juguetes de todo tipo, trompos, yoyos, tiradores, carritos de lámina, muñecos de plástico, helicópteros de fricción, y un enorme surtido de fantasías infantiles, con un foco colgado de un mecate pasando por encima nuestro y los animalejos de la luz revoloteando por nuestras cabezas, a un lado y con la caja del dinero, la que cobraba y confirmaba precios o mejoraba ofertas, la patrona, la que me enseñó vender juguetes para ganar los míos y los de mis hermanos, la que llenó de ilusiones mi niñez, la que me dio ánimos para creer en el niño Dios, aunque yo vendiera los juguetes, la que me abrió los ojos para que sintiera en mi cara la realidad dura pero hermosa, la realidad de tener que sufrir para merecer,…
En Chametla trabajé varios años de mi infancia, y al final de la temporada, la patrona me regalaba algo de ropa y algún juguete, aparte de mi sueldo, con el que yo conseguía los regalos a un precio mejor.
Era diciembre, esa navidad mi mamá nos había mandado a todos desde temprano a la casa de mi abuela allá en Chametla para esperar las fiestas.
Yo en el puesto de juguetes, y el carro de Quirino vomitando gente llegada de mi pueblo, ahí venían los vecinos a hacerme consumo, y con ellos una noticia que confirmó la divinidad del niño Dios, una mujer me dijo:
-A tu mamá ya le amaneció, una muñequita de carne y hueso,
Yo; loco de alegría, saltando, abrazando a mis hermanos gritando de locos, sabedores de la noticia, al otro día habríamos de madrugar de regreso al pueblo para conocer a la muñeca con la piel del color de la canela y los ojos verde mar cuando el mar se ve verde, una muñeca de carne a la que llamamos Liliana y que el niño Dios nos trajo un 24 de diciembre…
Era diciembre y lo recuerdo con placer, con emoción y con gratitud.
Gratitud a la vida al niño Dios y a Chametla que me permitío trabajar por vez primera y me dió la oportunidad de aprender a crecer...
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GERNANDO GARCIA BARRAZA
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