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jueves, 21 de enero de 2010

CHAMETLA DECEMBRINA

Era diciembre, el recuerdo que tengo tan bien grabado de las fiestas en Chametla es hermoso, no solo porque la música era de verdad y era viva, ni porque la gente se divertía y se sentía el corazón de la celebración navideña, tampoco porque había una diversión mas sana, ni porque lucían mejor, mucho menos porque duraban casi una semana y eran el centro de atracción de toda la comarca… no es por eso que las recuerdo con tanto amor y gratitud, las llevo en mi corazón solo por un detalle: Mi primer trabajo

Era diciembre, recuerdo con claridad las luces de los faroles de la plaza, el pequeño kiosco rebosante de niños que subían y bajaban persiguiéndose llenos de risa y de contento, las abuelas del brazo de las nietas en edad de salir a dar vuelta, el aroma de los churros, el olor acanelado del atole calientito, los señores comentando las corridas y carreras, las señoras preguntando por el precio de los juguetes para el “amanezque” de los niños, -ahí entro yo en acción-:
-A quince pesos doña.
-Dame dos pero me los envuelves bien aunque sea con papel periódico pa que no los vean los niños…

Yo; cómplice del niño Dios, ¡que tristeza, que dolor tan enorme y que alegría tan infinita la de saberme sabedor de la realidad y trabajar para que los sueños de mis hermanos se cumplan!

Así es; yo ahí en un costado de la plazuela junto un tenderete de juguetes de todo tipo, trompos, yoyos, tiradores, carritos de lámina, muñecos de plástico, helicópteros de fricción, y un enorme surtido de fantasías infantiles, con un foco colgado de un mecate pasando por encima nuestro y los animalejos de la luz revoloteando por nuestras cabezas, a un lado y con la caja del dinero, la que cobraba y confirmaba precios o mejoraba ofertas, la patrona, la que me enseñó vender juguetes para ganar los míos y los de mis hermanos, la que llenó de ilusiones mi niñez, la que me dio ánimos para creer en el niño Dios, aunque yo vendiera los juguetes, la que me abrió los ojos para que sintiera en mi cara la realidad dura pero hermosa, la realidad de tener que sufrir para merecer,…

En Chametla trabajé varios años de mi infancia, y al final de la temporada, la patrona me regalaba algo de ropa y algún juguete, aparte de mi sueldo, con el que yo conseguía los regalos a un precio mejor.

Era diciembre, esa navidad mi mamá nos había mandado a todos desde temprano a la casa de mi abuela allá en Chametla para esperar las fiestas.

Yo en el puesto de juguetes, y el carro de Quirino vomitando gente llegada de mi pueblo, ahí venían los vecinos a hacerme consumo, y con ellos una noticia que confirmó la divinidad del niño Dios, una mujer me dijo:

-A tu mamá ya le amaneció, una muñequita de carne y hueso,

Yo; loco de alegría, saltando, abrazando a mis hermanos gritando de locos, sabedores de la noticia, al otro día habríamos de madrugar de regreso al pueblo para conocer a la muñeca con la piel del color de la canela y los ojos verde mar cuando el mar se ve verde, una muñeca de carne a la que llamamos Liliana y que el niño Dios nos trajo un 24 de diciembre…

Era diciembre y lo recuerdo con placer, con emoción y con gratitud.

Gratitud a la vida al niño Dios y a Chametla que me permitío trabajar por vez primera y me dió la oportunidad de aprender a crecer...